Eran 14 escaleras, tres en subida y once en bajada, las que separaban las instalaciones del banco de la bóveda de la Black. Ni una escalera más, ni una escalera menos. Tomar la escalera equivocada lo devolvía al intruso mismo lugar donde había arrancado, por lo que era una cuestión de aprenderse el camino de memoria para no enloquecer en un loop infinito.
Para resguardar la seguridad de la bóveda, Goshi había acordado que cada tres meses el banco le recordara modificar la combinación de escaleras, siempre tres arriba, once abajo, pero en diferente órden. En cada ocasión de renovación de contraseña, toda la bóveda era trasladada a la nueva ubicación, permitiendo que sólo la Black y los duendes que la acompañaban se la pudieran aprender.
La puerta de la bóveda era de madera de roble, de la misma génesis que el árbol ubicado al pie de la ventana del castillo. No contaba con cerrojo alguno, sino que en el centro se encontraba tallada una forma donde encajaba perfectamente la mano de Goshi. Al apoyar la mano en aquel hueco una serie de mecanismos se activaban, corriendo la puerta de lugar y dejar pasar a la Black.
El interior era bastante austero. Las paredes estaban hechas de piedras encimadas, de cuyos entrehuecos salían pequeños gajos de enredadera que le daban a aquella cueva un toque de vida. Tres candelabros colgaban de cada pared, iluminando tenuemente el lugar, y una mesa rectangular se alojaba justo en el medio de aquel cubículo. El techo, de tan alto no se podía ver de tan poca luz. Sobre la mesa había una montaña de papiros que la Black había resguardado de la biblioteca de su hogar. Entre esos papiros había registros de deudas que nunca verían la luz del día, notas, cartas de su padre, cartas de sus abuelos, registros, actas de nacimiento. El resto de sus pertenencias eran realmente pocas.
Sobre la pared del fondo se encontraba tallada una réplica del árbol de su familia en hilos dorados sobre la piedra, que iba mutando a medida que la familia se expandía o se achicaba. El fuego de los candelabros se reflejaba en aquellos hilos encandilando a quien mirara fijo cualquiera de las ramas del árbol. Quienes conocieran a Goshi sabían que su tesoro más preciado era su familia. El resto de lo que encontraran en esa bóveda para la Black eran chiquiteces.