Los carros de Gringotts avanzaban con precisión mecánica, conduciendo el desvencijado carro a través de túneles que parecían no terminar jamás. El aire se tornaba más denso a medida que descendían, impregnado de un frío que no provenía únicamente de la piedra húmeda, sino de algo más antiguo y latente en la oscuridad. Permanecí impasible, el fulgor escarlata en mis ojos apenas perceptible bajo la capucha que ocultaba mi rostro.
El carro se detuvo abruptamente frente a una puerta de hierro ennegrecido, sin inscripciones visibles, sin adornos ostentosos, como si la misma roca de la caverna la hubiera devorado con el paso del tiempo. El duende a cargo extrajo una daga corta y sin más dilación hizo un corte preciso en su propia palma, dejando que una gota de sangre carmesí se absorbiera en el metal. Un sonido bajo y profundo reverberó en la bóveda, y la puerta se abrió lentamente con un crujido que parecía un susurro antiguo.
Dentro, la penumbra no era un obstáculo. Para mí, la oscuridad era un reino familiar, un refugio natural. Con pasos tranquilos cruce el umbral, dejando que mis ojos recorrieran el espacio que, con el tiempo, albergaría mi legado.
La bóveda no tenía el aspecto tradicional de acumulación de riquezas. No había montones de galeones dispersos ni cofres desbordantes de joyas. En su lugar, el espacio se sentía personal, casi cuidadosamente dispuesto. Sobre repisas de piedra flotaban frascos de vidrio, algunos con líquidos oscuros, otros con ingredientes arcanos que parecían latir con vida propia. Un espejo de obsidiana ocupaba un rincón, su superficie reflejaba sombras que no correspondían con la realidad inmediata.
En el centro, un mueble de madera negra tallada con símbolos rúnicos descansaba con la elegancia de un altar. Su superficie tenía compartimentos ocultos, lugares para almacenar lo que no debía ser encontrado con facilidad. Pergaminos de papel antiguo, escritos con tinta plateada, reposaban apilados con un orden caótico pero intencionado.
Pero lo más notable era la sensación del lugar. La bóveda parecía tener un pulso propio, una energía contenida en sus muros. No era simplemente un depósito de posesiones, sino una extensión de mi mismo: un santuario de juventud eterna, de secretos no revelados y de promesas no pronunciadas.
El duende carraspeó detrás de él, esperando su aprobación. Esboce una leve sonrisa.
—Perfecto.
Y con ese veredicto, la bóveda selló su destino.