—¿Qué haces? —la imperiosa voz de la Black resonó entre las paredes desnudas de la bóveda, su eco rebotando en el frío mármol con un tono que denotaba una mezcla de frustración y auto recriminación. Remodelar una bóveda de Gringotts era una tarea que nunca había contemplado, mucho menos deseado. Las Black no se rebajaban a estas menudencias. Toda su vida había estado rodeada de lujos que simplemente estaban ahí, perfectos y sin esfuerzo. Pero ahora, frente a aquel espacio inhóspito y vacío, se sentía terriblemente fuera de lugar.
La bóveda, asignada recientemente tras un reordenamiento del banco, era espaciosa y perfectamente funcional, pero carecía de todo lo que la hiciera acogedora o personal. Las paredes, un frío gris pulido, reflejaban la tenue luz de las antorchas mágicas, y el techo abovedado parecía aplastarla con su vastedad. Por dos largas horas, había estado intentando infructuosamente imprimirle algo de calidez y estilo, y el resultado era un desastre: el techo estaba cubierto de manchas desparejas de pintura azul y blanca, y el aire tenía un leve aroma metálico mezclado con el polvo levantado durante su torpe trabajo.
Un muggle lo haría mejor, pensó con amargura mientras dejaba caer su cuerpo en una esquina despejada del suelo de piedra, cuidando de no mancharse el cabello con los restos de pintura que habían terminado en todas partes menos donde debía. Cerró los ojos y, como un bálsamo para su irritación, dejó que su mente recreara el único lugar que alguna vez había considerado un verdadero hogar: la sala común de Ravenclaw.
En su imaginación, las paredes se teñían de un azul profundo, decoradas con delicados detalles plateados que brillaban como estrellas al reflejar la luz de las velas flotantes. Las amplias ventanas dejaban entrar una vista perfecta del bosque prohibido, con el viento moviendo suavemente las copas de los árboles y llenando la estancia de una brisa fresca. La chimenea, con su cálido crepitar, invitaba a cualquiera a sentarse junto al fuego, rodeado de sillones mullidos que parecían abrazar a los estudiantes agotados. Libros y pergaminos estaban distribuidos por doquier, impregnando el ambiente de una mezcla de tinta y pergamino viejo, un olor que ella asociaba con horas de estudio y reflexión.
Sonrió para sí misma. Solo recordar aquella paz la devolvía a un estado de calma. Inspirada, se levantó de un salto y apuntó su varita hacia el centro de la bóveda. Conjuró un sillón de dos cuerpos, mullido pero desgastado, con el cuero marrón veteado que daba la sensación de haber sido usado y amado durante años. A su alrededor aparecieron varias estanterías que se alzaron como guardianes silenciosos, listas para contener sus libros más preciados y vitrinas donde podría exponer pequeños tesoros o recuerdos.
Luego, en un rincón, hizo aparecer un escritorio de roble oscuro, su superficie brillante y pulida, perfecto para escribir cartas o sumergirse en estudios privados. Una alfombra gruesa, con intrincados diseños de plata y azul, cubrió parte del suelo, sofocando el eco frío del mármol. Finalmente, invocó un candelabro de cristales flotantes que iluminó la bóveda con una luz cálida, deshaciéndose de las sombras opresivas.
Se retiró hacia la entrada para observar su obra. No era ni remotamente lo que había planeado al principio, y aún quedaba trabajo por hacer, pero había algo en el ambiente que la hacía sentir cómoda, como si al fin ese lugar comenzara a reflejar algo de su esencia.
Un verdadero reto sería transformar el espacio en algo más grandioso, acorde a las legendarias bóvedas de Gringotts. Quizás debía incluir un cofre encantado para guardar sus objetos más valiosos, cuyo contenido solo ella pudiera revelar con un hechizo específico. O tal vez debería crear un muro con mosaicos mágicos que narraran la historia de su linaje, como un tributo a su herencia Black. Suspiró, ya imaginando los hechizos avanzados y las horas de dedicación que eso requeriría. Pero por ahora, este primer paso le bastaba.