El guardián me mira con recelo antes de abrir la puerta. No me importa. Entro sin prisa, dejando que el sonido de mis pasos resuene en el interior. La bóveda no es grande ni ostentosa, apenas un espacio de piedra oscura con lámparas flotantes que parpadean con una luz inconstante, como si dudaran de su propósito.
No hay montañas de galeones ni reliquias de gran valor. Aquí solo guardo lo que realmente importa… o lo que aún no he podido dejar atrás. Sobre una mesa de madera desgastada, una fotografía de Arely me recibe con su eterna sonrisa, su cabello ondeando con la brisa de aquel día soleado. Frente a ella, una pequeña caja con un colgante en su interior, uno que nunca llegó a usar.
El resto del espacio es un caos contenido. Pociones alineadas sin orden, algunas a medio usar, otras intactas, esperando un propósito. Criaturas atrapadas en frascos sellados, dormidas o simplemente aguardando. Libros, la mayoría antiguos, llenos de anotaciones torpes hechas en noches de insomnio, páginas dobladas y tinta corrida por la frustración.
Pero lo que más destaca es la marca en la pared. La misma runa que llevo en mi mano. Me la grabé borracho la noche en que lo perdí todo, un intento desesperado de no olvidar… de no permitir que su muerte quede sin justicia.
Esta no es una bóveda de riquezas, sino de recuerdos y preparación. No busco acumular objetos, solo armas. Porque algún día, todo esto tendrá un propósito.