Creada en el subsuelo del banco mágico de Gringotts, se encontraban todas aquellas bóvedas destinadas a guardar los objetos más preciados de los magos y brujas de Londres y sus inmediaciones. Era un sitio que gracias a los cuidados de los duendes resultaba el lugar mas seguro del mundo mágico, casi impenetrable, por lo cual, en este se depositaba la confianza de la comunidad, y no era para menos.
Dentro de aquellas bóvedas se podían encontrar diversos objetos, desde los más sencillos artefactos con mayor valor sentimental que económico, hasta los mas sofisticados mágicos que eran un verdadera joya y estaban cargados de poder y peligro inigualable. No era el caso de la bóveda destinada para la joven Westrong.
A decir verdad, tras su huida de Ottery había abandonado todo aquello referente al mundo mágico, incluidas sus pertenencias, por lo que aquel sitio apenas y contaba con un par de objetos, cuyo valor era absurdo. Podían entrar a saquear la bóveda ese mismo instante y encontrar que su esfuerzo al inmiscuirse en los peligros de gringotts había sido en vano. Tenían mayor valor las cerraduras de la puerta, que el contenido depositado en el interior.
La puerta que custodiaba la cámara, era de roble un tanto envejecido, que a causa de la humedad subterránea se había ensanchado, por lo que siempre era un tanto complicado intentar abrirlo. Este se encontraba decorado por no menos de 7 cerrojos, cada uno de distintos metales; oro, plata, cobre, hierro, estaño, titanio, platino y aluminio, cada cual tenía su llave correspondiente, que colgaban del llavero de la Westrong. De acuerdo al día de la semana, era el cerrojo que se debía intentar abrir, y estos no permitían margen de error. Cualquiera que se equivocase en la selección, debía esperar 24 horas antes de poder volver a accesar.
Era la única medida de seguridad impuesta y resultaba suficiente. El uso de criaturas, maleficios, u otras consecuencias resultaba patético, era una medida utilizada para llamar la atención de los usuarios, y Aimé solo buscaba pasar desapercibida. Así, si en algún momento la bóveda pasaba a custodiar objetos mas poderosos, nadie posaría su vista en aquella puerta roída.